―Me gustaría retratar a la gente del lugar―le dijo en un tono amable―. ¿Usted podría ayudarme?
El anciano quedó pensativo, apenas iba a decir una palabra cuando en el umbral de la puerta apareció ella, tenía los ojos oscuros y un rostro con reflejos dorados que lo iluminaban todo. Jean quedó impactado por su belleza. La mujer habló en una lengua que él no entendía pero su voz era suave, melódica, como murmurando pequeñas notas en cada palabra.
Don Pedro entregó velas, incienso y algunos víveres a la joven que seguía ignorando la presencia del fotógrafo, éste la observaba taciturno desde un rincón del local convencido que esa mujer era a quien debía retratar. Rápidamente le salió al paso proponiéndole que lo dejara capturar una imagen, una sola propuso, pero la mujer hermética, sólo le brindó una mirada incisiva que lo dejó impávido como si en ese instante le sacara el alma del cuerpo y se le pegara a ella. Jean dio un paso atrás y la dejo ir. Inmediatamente empezó a averiguar su paradero sin éxito, hasta la tarde en que casualmente la vio ejecutando uno de sus rituales. Las velas ardían alrededor de un inmenso árbol mientras la mujer cantaba en ese idioma extraño que a él ya se le estaba haciendo familiar, ella balanceaba su cuerpo diestramente una y otra vez al ritmo de sus alabanzas. El ángulo era perfecto para una excelente imagen. El atardecer daba un juego de claroscuros que resaltaba la llama de las velas y la mujer, en medio, metida en lo más profundo de su rito. El fotógrafo estuvo a punto de disparar la Reflex pero se detuvo, no quiso ultrajar ese mundo sagrado, ajeno. Cuando bajó la cámara se topó con la mirada corrosiva de ella y sin preguntarle nada la mujer dijo.
―Yo hablo con el tiempo, con la tierra. Sé de qué color son los días. Los lunes son azules de un tono intenso que los vuelve alegres, la gente ríe mucho aunque casi nadie lo note ―Hablaba extendiendo los brazos―. Los martes son rosa pálido, sólo pequeñas caricias brotan de las manos, las almas se vuelven silenciosas…los martes ―Susurró arrastrando las palabras al oído del hombre―. Traen muerte. El miércoles es rosa encendido, hay energía, se sienten ganas de correr por todos lados, de subir, bajar, ir y venir por cualquier rincón del mundo ―su tono ahora era vivaz, amigable―. Los jueves son grises, días de paz, de encontrar tu interior y hablar con tu alma; de estar contigo. Los jueves son de uno mismo. El viernes ―dictaminó con fuerza―. Es rojo de eternidad, es el día en que se anudan los caminos para siempre…los viernes son del destino, ese día no nos pertenece.
Al decir esto la joven corto de tajo la ceremonia. Él la observaba silencioso tratando de comprender sus palabras mientras ella se introducía en los senderos de la montaña. Jean sabía que si la dejaba ir posiblemente no la encontraría nunca. Corrió a ella. Tomándola del brazo le pregunto su nombre.
―Me llamo como el viento, como el día, como el alma ―Contestó irónicamente mientras seguía su caminata.
Jean se sintió confundido, no pudo más que tomar la respuesta como una broma, quizás la mujer no acostumbraba dar su nombre. La noche llegó pronto inundándolo todo, los cerros se cubrieron de una espesa neblina y el ambiente se tornó lúgubre. Sintió miedo. Regresó al pueblo, fue directo a la tienda de don Pedro y le contó lo que había pasado. El anciano, mientras escuchaba, sirvió mezcal que el francés se tomó de un trago y a manera de advertencia reveló algunos datos de la joven.
―Ella es María Angelina y, sí, es muy hermosa pero ándese con cuidado ―señaló el tendero―. No es como las demás, ella…es una mujer sagrada, heredera de los dones de su abuela quien fue curandera, de las mejores de por acá y aunque la vea joven, todos la respetamos como lo hacíamos con su abuela.
Le aconsejó también que dejara de indagar porque, en verdad María Angelina podía ver y saber todo sin necesidad de averiguarlo. El mezcal hizo efecto y don Pedro tuvo que acostar pronto al fotógrafo. Esa noche soñó con ella, con María Angelina. Aún no amanecía cuando salió de la casa y hecho a caminar rumbo a la montaña con su equipo al hombro, los primeros rayos de sol llegaron cuando estaba a mitad de la colina. El viento ligero de la mañana eliminaba la poca neblina rezagada de la noche. El fotógrafo enfocaba todo, pero las tomas no le satisfacían, en su cabeza sólo tenía la figura de María Angelina. Se estaba convirtiendo en una obsesión, ya no sabía si la quería para fotografiarla o para quererla. Se tumbó en la hojarasca mientras regresaba la inspiración. Poco a poco se fue sumergiendo en un letargo y creyó escuchar el canto de la mujer como la tarde anterior.
Soy la mujer que espera, que se esfuerza.
Soy tu pensamiento.
Soy la mujer luna, estrella.
La mujer cielo.
Soy la que te guía.
La voz era tan nítida que de pronto la sintió ahí, la buscó, pero era sólo el viento que mecía los árboles. Siguió recordando. Se sorprendió de entender perfectamente las frases que llegaban en el lenguaje sagrado, era como si el aire las tradujera por completo.
Tierra que limpia mientras ando
Aire que limpia mientras ando
Alma que se renueva
Creía estar ajeno a esa magia aunque sin saberlo ya se estaba fusionando con la tierra; no pudo reconocerse. Abrió los ojos y el panorama había cambiado, estaba totalmente gris, parecía de jueves. Había una gran quietud. Le costó trabajo distinguir si aún soñaba, pero la presencia sorpresiva de ella lo trajo a la realidad.
―Nuestra tierra de nieblas nos pide descansar a veces, cuando está fatigada ―decía la mujer mientras se acercaba lentamente―. ¿Sientes el polvo? Está en el aire.
María Angelina estaba ahí. Fue entonces que preguntó quién era y por qué lo dejaba con la incertidumbre de estar viviendo una dualidad de realidad e ilusión. La mujer se acercó sigilosa. Casi en silencio, dijo.
―Yo soy mujer de esta tierra. Tú, extranjero, eres un hombre del aire por eso entiendes lo que dice el viento. Por eso has de saber que la tierra vive sólo cuando el aire la lleva a recorrer el mundo convertida en polvo…por eso…te he elegido, para que caminemos juntos…como el aire y la tierra.
Jean le acarició el pelo ensortijado y ella le regaló un beso profundo, supo entonces que su vida ya no tendría sentido sin ella. Como una loba la mujer olfateó el cuello largo del francés, besó su nuca, lamió su oreja, sentía cómo el cuerpo de aquel hombre temblaba al rose de su piel. Sus bocas húmedas siguieron explorándose. El francés terminó creando imágenes en los senos, el vientre, las caderas y los muslos de María Angelina. Cuando el rito concluyó su hambre aún no quedaba satisfecha y quiso tenerla nuevamente pero ella asentó.
―Tu alma ya es del aire pero tu cuerpo sigue siendo de este mundo…no podrás tenerme completamente hasta que tu espíritu se limpie.
Él quiso saber cuándo sucedería eso.
―Nadie puede saberlo más que tú ―Contestó ella―. Cuando tu alma se purifique los colores te inundaran y sabrás interpretarlos…algún día…algún día…
La búsqueda fue exhaustiva, las brigadas se daban por vencidas cuando uno de los hombres apuntó los binoculares hacia el río, ahí estaba, era el francés no había duda. Se echaron en su auxilio llamándolo pero parecía que no entendía nada, fue don Pedro quien grito algo en zapoteco que lo hizo reaccionar. El hombre llevaba sólo un cofre apretado a su pecho. La Reflex, los teleobjetivos y el trípode habían desaparecido. Los rescatistas quisieron indagar el contenido de la caja pero él se los impidió violentamente.
―¡Sólo es tierra! ¡Sólo es tierra! ―repetía.
Así volvió a su país, sin equipaje, sin imágenes, solo, con el cofre que se convirtió en su único tesoro.
El vecino que ha estado observando a Jean desde la mañana intuye que algo pasa. Se acerca temeroso y puede escucharlo que habla todavía en ese dialecto extraño que nadie entendió nunca.
―Los sábados son verdes, penetrantes ―dice taciturno―. Es el día en que el sol brilla con más fuerza pero sin quemar la piel y los domingos…no tienen un color definido, ese día anda perdido…Los lunes son penetrantes…y hoy―Clava su mirada en el hombre―. Hoy es día de reencuentros, de paz…de muerte.
La mirada de Jean se va apagando poco a poco…sus ojos, de un azul inmenso, siempre fueron de lunes; alegres.





