A las seis en punto sonó el despertador. Se puso en pie. Mientras se peinaba recordó que le tocaba doblar turno ese día. Limpiaría todas las oficinas del consorcio de abogados. La del Licenciado Rodríguez, la más grande, sería la primera. Necesitaba dejarle impecable el escritorio, librero y mini bar para recibir buena propina así completaría para pagar la luz y el gas, estaba en eso cuando escuchó el rechinido de la puerta, era su hijo. Toda la semana había estado llegando a esa hora, quiso reprenderlo pero él rápidamente dio un portazo en la recámara. La mujer preparó el desayuno y le escribió unas líneas en un papel de estraza que se encontró en la cocina: “comete algo y ahora sí, vete a buscar chamba regreso a la noche” Al entrar al cuarto para dejarle la nota le llegó el olor a cigarrillo y alcohol pero como otras veces lo ignoró. El chico roncaba, se veía cansado. Bertha levantó del piso el pantalón y la camisa pero algo resbaló de entre las ropas; era una pistola. La mujer dio un paso atrás asustada, a primera instancia no reconoció el arma, pero después se percató que era el revólver de Pedro, el que había perdido. Seguramente el chico lo encontró por casualidad y pensaba devolvérselo a su padre. Con cuidado tomó el revólver y salió despacio, lo escondió entre unas cajas que estaban junto al boiler. Vio la hora, tenía justo el tiempo para llegar al trabajo. Al bajar las escaleras del edificio se topó con Gladys, la bailarina.
―Buenos días Bertha ―escuchó decir burlonamente a la mujer.
Ella no contestó. El aroma a cigarro y perfume barato se le impregnó en la nariz, sólo hasta entonces dijo: “¡cómo apesta este pasillo!” a la distancia escuchó una ligera risilla de Gladys. “Pinche puta”, “debería irse del edificio” susurró.
En la parada del autobús estaba Eduviges, la vecina de enfrente. Hablaron de la bailarina, se rumoraba que estaba en amoríos con alguien de por ahí, no sabía quién pero debía tener toda la libertad del mundo para meterse en su casa porque a plena luz del día subía y bajaba por todo el edificio: “cuide a su marido doña Bertha, esas mujeres no respetan nada” apuntó la vecina antes de subirse al transporte. Las palabras de Eduviges quedaron rezumbando en su cabeza, entonces recordó los comentarios obscenos que hacía Pedro cada vez que se topaba con la bailarina, la odió más que nunca. Pidió a la virgen que alejara a su esposo de malas compañías y que le diera al chamaco un trabajo pronto así ayudaría también en los gastos de la casa.
Fue la primera en llegar a su trabajo. Se puso la bata, tomó los utensilios de limpieza e inició la faena del día. Antes del mediodía terminó de limpiar todas las oficinas. Las imágenes de Pedro llegando a casa y encontrándose con Gladys, no la dejaban en paz. Lo llamó entonces para decirle que había hallado la pistola, que ya no tenía que reponerla. Pedro contestó malhumorado, reprochando la interrupción del sueño y reclamando la comida insípida que había dejado, ella quiso justificarse pero antes que terminara de hablar el hombre colgó diciendo: “¡deja de estar chingando!… ¿quieres que te ponga otra vez en tu lugar?”. Algo le oprimió el pecho. Ni siquiera pudo decirle lo del arma. Por qué contestó de prisa, estaría con alguien. Decidió entonces regresar temprano a casa, tenía el pretexto perfecto; el revólver. Avisó a su jefe que no doblaría turno “es que…tengo un problemita” dijo. El conserje advirtió que si se iba le quitaría derecho a la cuota de puntualidad del mes. Bertha quería comprobar la infidelidad de su marido, ya ni modo con la prorrata.
A las tres en punto salió, su trabajo estaba terminado, sólo faltaba recoger la basura del segundo piso pero eso lo haría Juanita, su compañera. Volvió a llamar al marido para preguntarle si quería que le llevara unos tacos; nadie contestó, posiblemente seguía durmiendo aunque era la hora que veía la televisión. Llamó entonces a su hijo al celular. Éste dijo que andaba buscando chamba, para que no lo estuviera fastidiando, advirtió además que no se metiera en sus cosas, que ya estaba grande, que lo dejara en paz. La mujer aprovechó para preguntar por Pedro, el chico dijo que cuando él salió, su padre aún no llegaba. Nuevamente Gladys se le apareció seduciendo al hombre, sintió desfallecer, ahora más que nunca estaba segura que tenían algo, debía apresurarse. El trayecto a casa se le hizo eterno.
Al llegar al edificio vio a Eduviges barriendo el pasillo, la saludó y aunque quiso pasar rápido la mujer la detuvo. Bertha subrayó entonces que llevaba prisa, que otro día platicarían con más calma y preguntó si de casualidad había visto a su marido. La vecina respondió que no aunque seguramente había alguien en casa atendiendo a la visita. Bertha no entendió el comentario y Eduviges tuvo que ser clara.
―¡Híjole! no se vaya a enojar Bertita, pero ay tá su vecinita, la del cinco, la bailarina…la vi entrar hace ratos y…no ha salido ―dijo Eduviges clavándole la mirada y apoyándose con las dos manos en la escoba.
Bertha sintió hervir la sangre, no había duda, estarían revolcándose en su cama. Apenas si encontró fuerzas para abrir rápidamente la puerta, todo se veía normal. Casi se le va a golpes a Eduviges pero cuando estaba a punto de correrla escuchó los gemidos que salían de la recámara. Se fue acercando despacio mientras la vecina alegaba que ella nunca decía mentiras, que quien estaba adentro era la Gladys, la bailarina, que llevaba ya un buen rato. Los quejidos repicaban lastimosamente por toda la casa, no pudo más, corrió hacia las cajas. Sin pensar en nada empujó impetuosamente la puerta. Sus ojos se centraron sólo en ella, en Gladys. Estaba encima del hombre. La traición le dolió más que nunca. Instintivamente levantó el arma a la altura del estómago y tiró del gatillo. La fuerza con la que salió la primera bala hizo que casi se callera, pero pudo sostenerse aún en el umbral. Tiró de nuevo, quería terminar con eso de una vez. El olor a pólvora le quemaba la garganta. La mano le ardía. El aire era irrespirable. Eduviges no podía creer lo que pasaba, tambaleándose salió del cuarto, tras ella Bertha. Nadie dijo nada, sólo Pedro rompió el silencio, cuando llegó con una bolsa de comida en las manos.
Socko Crusgo





