Para todas las mujeres embarazadas, no importa si es el primer o último embarazo, pues hoy quiero referirme a la sensación que experimentamos, pero no esa sensación física de ascos, sueño, mal humor, preocupación, cansancio al caminar, etc, sino a la sensación inexplicable que pocas veces hacemos consiente, la sensación de estar totalmente conectadas con un ser al que no conocemos, no lo hemos visto jamás, sin embargo se comunica a diario con nosotras. Sinceramente yo me di cuenta de esta sensación el día que un amigo me dijo: “Felicidades, porque Dios te está regalando un poquito de su eternidad” y fue entonces cuando comprendí que un embarazo, que mi embarazo era algo más que simples malestares físicos y responsabilidades próximas, era la mayor expresión de confianza, pues ese ser pequeñito me había elegido a mí, se había entregado a mí…y a nadie más, para cuidarlo, protegerlo y guiarlo en este mundo desconocido para él.
Podría seguir escribiendo de mi bebé y yo, pero sería excluir a un co-protagonista en esta historia…a papá, ese individuo misterioso que a veces parece que se mantiene al margen de la situación, pero en realidad creo que observa atentamente esperando el momento adecuado para actuar, pues con los humores que arrastramos es preferible que no se equivoquen porque sería fatal ¿no?. A veces actuamos como si fueran adivinos y creemos que por el hecho de estar embarazadas, ellos tienen la obligación de leer nuestro pensamiento y consentirnos con el detalle justo que tenemos en mente…cosa que regularmente no sucede así; y entonces arde Troya; recuerda que, en este periodo, el futuro papá se parece al Genio de la lámpara maravillosa, pero no se acerca nada a un adivino; y para que comprendas un poco más a lo que me refiero, a continuación, un poema de Jaime Sabines, que expresa exactamente lo que está pasando por la mente de tu compañero mientras exiges tus antojos extraños:
Bajo mis manos crece, dulce, todas las noches. Tu vientre suave, manso, infinito. Bajo mis manos que pasan y repasan midiéndolo, besándolo, bajo mis ojos que lo quedan viendo toda la noche.
Me doy cuenta de que tus pechos crecen también, llenos de ti, redondos y cayendo. Tú tienes algo. Ríes, miras distinto, lejos.
Mi hijo te está haciendo más dulce, te hace frágil. Suenas como la pata de la paloma al quebrarse.
Guardadora, te amparo contra todos los fantasmas, te abrazo para que madures en paz.
Jaime Sabines
Como bien lo expresa este poema, ese silencioso hombre que permanece a tu lado, nunca hablará para decirte algo desatinado, prefiere observarte y protegerte, mientras tu vientre madura.
Así que, un abrazo a todas aquellas que ahora tienen un poquito de eternidad y para aquellos hombres que prefieren callar, pero, también permanecer.





