El estimulo visual hace que los hombres (no dudo que las mujeres también) se exciten fácilmente viendo un cuerpo hermoso, que contenga buenas curvas. Ahora me explico por qué somos tan dados al voyerismo, a contemplar el pecado, total, con ver no se pierde nada. Si no, que lo digan aquellas casonas del centro de la ciudad que a cierta hora, dejan al descubierto un buen número de personajes asiduos a sus puertas, patios o interiores, pasando de lo visual a lo palpable, culminando con lo secreto, porque todo es permisible, menos dejar al descubierto la afición a las prostitutas. Es como un código social “te veo, callo. Si hablo; me descubro” sobre todo en nuestras sociedades tremendamente moralistas (aunque no morales). Y es que cuidar la reputación es de suma importancia, si el aludido pertenece a un ámbito político, religioso o cultural “diferente”. Quizá por ello, las cosas que el ser humano reprime, o vuelve tabú, son las mismas que trata de alejar buscando la manera de acercarlas.En la historia de la literatura también se han hecho presentes estas atractivas mujeres, desde La Biblia nos encontramos con María Magdalena; la primer pecadora, quien fue defendida nada más y nada menos por el hombre más inmaculado; Jesús, regresando al “camino del bien”. Sin embargo, las mujeres “malvadas” que han aparecido posteriormente en las novelas han tenido mejor suerte, pues han sido ellas quien manejan a su antojo a los indefensos hombres que embobados no sólo no quieren redimirlas, sino alimentan ese mundo “oscuro” en el que se mueven sus amadas. Para muestra muchos botones: Naná de Emilio Zolá, Ana Karenina de Tolstoi, Margarita Gautier de Alejandro Dumas, Ema Bovary de Flaubert, Santa de Federico Gamboa, Violeta de Xavier Velasco, las bellas durmientes de Kawabata, las putas tristes de García Márquez y hasta deidades del mundo antiguo como Afrodita han despertado la inquietud de los hombres. Incluso hasta el mismo Quijote, hace alusión a Maritornes, la mujer que es confundida con princesa en una de las ventas donde llega el Hidalgo y su escudero. Y ¿qué tienen en común estas mujeres? pues solamente desarrollan el digno oficio de la prostitución, unas abiertamente, otras escondidas en la cortina de una sociedad moralista que las asfixia, la mayoría resaltando los placeres y gustos que les deja su profesión. Todas buscadas por hombres que les ofrecen hasta lo que no tienen como lo confiesa Armando Duval: “Lo que pasaba en mí difícilmente podría explicarlo. Estaba lleno de admiración por su belleza, dispuesto a arruinarme por ella (…) veía en esta mujer la virgen que un azar había hecho cortesana[i]…” Una visión bastante romántica claro está, pues la naturaleza de la historia así lo amerita. Zolá nos vuelve a dar en Naná ese disfrute de lo prohibido: “Muffat la contemplaba. Aquella mujer le daba miedo. En ese momento de visión neta, se despreciaba así propio. Así era: en tres meses, Naná había corrompido su vida (…) Y no pudiendo desviar los ojos la miraba fijamente, procuraba saciarse con su desnudez”[ii] Así que no hay Conde, Duque, hijo de presidente, Junior o cualquier hijo de vecina que se resista a los encantos de estas mujeres diestras en la seducción y…tú?
[i] La dama de las camelias de Alejandro Dumas.
[ii] Naná de Emilio Zolá
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