Vio morir a su esposo y juró por él que faltaba poco para que lo alcanzara. Vio morir a tres de sus siete hijos y suplicó a quien daba la muerte para que muriera, pero no. Le pesaban mucho los más de cien años que llevaba a cuestas. No le costó decidir el último acto. Sin contener la felicidad lo planeó con exactitud. Ya quería ver las caras de sus hijos. Escogió la mejor soga y con la emoción que pocas veces había sentido, se colgó de una viga de su habitación y esperó. Esperó hasta que se cansó porque ni sus hijos descubrieron que la vieja pasó dos días colgada por el cogote, hambrienta y con la necesidad de rascarse la espalda. La única compañía que tuvo fue la de Tequila, su perro de catorce años que la veía amodorrado.
Era tan vieja que ahorcarse era poco para acabar con sus años. Seguramente por eso no había muerto. Decidió efectuar el suicidio que no había logrado la soga; se cortó las venas. Y sólo consiguió que las moscas se arremolinaran por cinco días al líquido rojo que salía de ella. Era molesto que sus zumbidos la arrullaran a dormir. Tan molesto que cuando desaparecieron las extrañó.
Buen tiempo le costó resolver de qué otra forma le apetecía morir, hasta que decidió aventarse a la cisterna, llena de agua hasta el tope, confiando en su torpeza para nadar. Se sorprendió cuatro horas después, al comprender que se había quedado dormida dentro del agua.
Algo andaba mal, no sabía qué, pero estaba casi segura de que no era normal seguir viviendo después de todo lo que había intentado para morir. Tomó veneno y apenas consiguió que la boca se le llenara de espumarajos impidiendo hablar por tres días (daba gracias por no tener con quién hablar). Una vieja de más de cien años era débil. Se aventó de la planta alta de su casa y fue a caer encima de un perro que murió al instante, pero ella seguía viva. Intentó todo sin conseguir lo que quería.
Era hora de la medida más drástica. Afiló el machete y con un mecanismo basado en estambres, maderas y agujas de tejer, lo colocó sobre su cuello. Como tantas veces lo había hecho, se despidió de la vida, segura de que esa sí era la buena. Suspiró al jalar el estambre rojo. El machete cayó separando completamente la cabeza del cuerpo.
No lo sabía. Jamás lo imaginó. Quizá lo sospechó, pero nunca con sensatez. Era un hada. Por eso a sus ciento cinco años seguía viva. La emoción la sacudió, lo supo porque sus ojos veían desde el suelo cómo el cuerpo degollado temblaba de emoción. Después de chocar tres veces contra la pared, mientras dejaba tras de sí un rastro de sangre, su cuerpo logró acercarse a la cabeza que seguía en el suelo. Las manos le picaron un ojo, provocándole llanto, y al no haber de otra, la sujetaron por la nariz pero la soltaron de golpe al notar que le faltaba la respiración. La cabeza rodó harta chocar con Tequila. La vejez no fui impedimento para que el perro, hurtara la cabeza de su dueña y echara a correr por toda la casa, con el cuerpo de la vieja corriendo detrás. Pero qué importaba ser mascada por un perro si ella era un hada.
Sol Valdivia





