concebirme en sitios intestinos,
acicalar la unidad sobre la que me
forman los nublados sin rumbo,
esta dirección es una mano abierta
que procura detener la luz a través de su agujero.
Floto en la boca de la niña
que descansa de su propio sueño
y luego me abro en sus ojos, en su frente,
como molécula de pensamiento entintado,
ella no conocerá la palabra ni la luz del mañana,
morirá con el beso de mi veneno en su
saliva y sus ojos se apagaran, como la luz,
para que se inserte la noche, en el ojo de la aguja,
que tiembla en las manos del llanto de la madre,
que le cose el vestido del equinoccio eterno de su respiración.
Ahora quiero volverme ave,
surcar el paraíso de las moscas
y encasillarlas en torno a mi desvelo,
volverlas hilo con la miel que amenaza la amargura del mundo
y tejer un vestido que encierre sus alas
en la esclavitud de mi estado no-material.
Pienso que, insertada en el vuelo de las alas
que forrarán mi estructura,
será más fácil caer al abismo en el que la niña se desintegra;
renacer en su carne negra,
en sus hoyuelos de tinta y forrar con el lodo
de su mirada clausurada,
la posada en la que los gusanos han creado su refugio.
No podría alimentarme de mi misma,
de esa forma que intenté crearme,
sino desvelarme en el llanto de la madre,
en ese cuerpo que se tuerce de frío en
las noches y que tiembla con el
canto de las aves que enferman su locura gris.
Los nublados no tienen sentido,
sólo mis ojos fingen pidiendo clemencia,
la mujer y yo vemos mi transparencia en el espejo.
Le digo: la niña duerme.
Ella ignora mi mensaje,
se aleja por la ventana,
por el salto,
por la comisura de su propia boca
envenenada del agua del recuerdo.
Autor: Elizabeth Nava Munive





