―Abuela, cuando sea grande voy a ser un gran futbolista para jugar en esos estadios llenos; seré famoso.
La voz sonaba melódica pero triste. Agustina soltó una sonrisa un tanto agria, a fuerza, como si la hubiera ensayado todo el tiempo para sacarla en ese momento. No dijo nada.
Cuando Lucio se tranquilizó, Agustina trajo el postre. La gelatina tenía la forma de un balón de futbol; blanco con negro. El niño estaba impresionado, dijo que no lo partiría hasta que llegara Mario. La mujer se vio obligada entonces a decirle la verdad, pero el niño insistió en que ese día vería a su padre, se lo había prometido dos años antes, cuando lo visitó por primera vez desde que se fue de brasero. Ella recalcó que si esperaban, la gelatina se derretiría. A regañadientes Lucio dejó que pusiera las rebanadas en platos pequeños. Apenas si probó bocado; tuvo nauseas. Pidió agua. Agustina vio que era la hora del medicamento así que sacó de un frasco oscuro las pastillas. Lucio las rechazó, pidió que por ese único día no se las diera; que ese fuera su regalo de cumpleaños. La fiebre había cedido. Las infecciones en la piel eran cada vez más sorprendentes. Le partía el alma verlo sufrir, y Mario que no se comunicaba, estaba segura que no llegaría.
Más que nunca echó de menos al padrecito Aurelio, el antiguo párroco. Si aún estuviera en el pueblo sabría qué decirle al niño para apaciguarlo, siempre le tuvo mucho cariño. Él sí lo trataba como un verdadero padre, comprándole cosas, ropa, útiles, no que Mario, desde que se largó a los Estados Unidos había visitado una sola vez a su hijo y eso a petición también del padrecito quien lo buscó y dio con él en California, le llamó pidiendo que viera por el niño, por eso a veces mandaba unos pocos dólares, pero muy rara vez preguntaba por Lucio. Gracias a Dios, el padre Aurelio siempre estuvo al pendiente del niño, haciéndole regalos, el último fue la tele grandota; bendito hombre. A la anciana no le cabía la menor duda que se iría directito al cielo. Rezó por él que también estaba muy enfermo.
Con estos pensamientos Agustina se sentó a un lado de la cama. Intentaba ver el televisor, pero una fuerza atrajo su mirada a los papeles de al lado. Eran los resultados que le dieron en la clínica y aunque el doctor trató de explicarle la enfermedad de Lucio, ella nomás sabía que un año antes tuvo anemia, y que empeoró cuando el sacerdote se fue. Seguramente fue de tristeza porque se marchó sin despedirse, pero pobrecito, ya no podía ni dar misa. De los términos médicos no comprendía nada porque estaban en clave. En ese lenguaje de doctores que pocos entienden. Por eso había acudido al nuevo clérigo, él si sabría descifrar los resultados y le diría lo que tenía su nieto, pero qué va. La reacción del cura fue correrla dejándola con la misma incertidumbre. Qué podía haber ahí que asustó tanto al sacerdote.
Serían como las cuatro cuando Agustina entró a la capilla. El Párroco había terminado el rosario a la virgen. Se acercó cautelosa, sacó el sobre amarillo que llevaba escondido bajo el rebozo. Extrajo una hoja y se la extendió. Le suplicó que le dijera, en cristiano, lo que ahí decía de la enfermedad de Lucio. El clérigo no daba crédito a lo que leía. Sostenía el papel en la mano. Temblaba. Volvía a poner la mirada en aquellas líneas llenas de símbolos. Quería hablar pero las palabras no salían. Agustina estaba ansiosa por preguntarle qué pasaba, qué había descubierto; tenía miedo. El hombre caminó lento, alejándose lo más posible de ella. Pasó frente a la sagrada familia, se persignó. Agustina seguía sin comprender.
―¡Padre! Qué tiene mi niño, qué tiene mi Lucio… ¡Usted sí ha entendido esos papeles!...¡Por favor dígame!
El Cura, le hizo un ademán para que no se acercara más. Puso el papel sobre una banca.
― Señora, rece por su nieto y haga un acto de contrición; recuerde sus malos actos. Seguramente hizo algo indebido y…ahora el castigo ha caído en el niño. Por favor váyase.
La mujer atónita, no comprendía las palabras del hombre. Por qué le decía eso, por qué la echaba como si fuera el demonio. De qué maldito castigo hablaba. Quiso indagar pero el sacerdote había dejado el recinto. Tomó el papel y salió. Si hubiera sido el padre Aurelio, no sólo le hubiera explicado esos papeles sino que, él personalmente, hubiera llevado a Lucio al doctor y pagado todo. Como cuando se lo llevaba de vacaciones a la capital para que conociera el zoológico, los museos, el teatro y todos esos lugares que el padre le decía a Agustina y ella presumía como si hubiera estado ahí. Aunque, cosa rara, Lucio jamás comentaba nada, al contrario siempre regresaba triste, retraído, rechazando al sacerdote. La mujer tenía que regañarlo para que ayudara nuevamente en la eucaristía.
Miró al niño, se había quedado dormido. Algo dentro de ella rechazó ese cuerpo debilucho; esquelético. Nunca le había pesado criarlo pero ahora lo sentía como una carga, se preguntó si no era mejor que Dios se lo llevara de una vez con su madre. Le remordió la consciencia por pensar eso, se persignó, en el fondo se sentía culpable por su orfandad. Si aquel día ella no se hubiera empecinado en ir a la procesión del Sagrado Corazón con su nuera, Lucía no hubiera confundido las contracciones con agotamiento; se hubiera salvado. Cuando su comadre Petra la atendió ya habían pasado mucho tiempo. Sólo alcanzó a sacar a Lucio de su vientre. Luego, Mario culpándolo de la desgracia, yéndose a los Estados Unidos, para olvidar su pena, y ahora ni cómo avisarle que el niño estaba malo, no tenía dónde localizarlo, el padre Aurelio se había llevado todas las referencias; esa falta de noticias la perturbaba.
El bulto se dio vuelta entre las cobijas, estaba inquieto. Agustina rezó para que no volviera la diarrea, el niño no resistiría más la deshidratación. Pensó en acudir a Rosita la hija de Petra. Quizás ella también entendería esas tres letras que a la mujer no le decían nada, o el nombre de ese virus raro, que tanto le repitieron en la clínica. El niño emitió un quejido, le tocó la frente, no hacía falta poner el termómetro, la fiebre volvía. El cuerpo de Lucio empezó a temblar. Hacía gestos de dolor. No quiso mirarlo. Otras veces se le hubiera echado encima, abrazándolo, consolándolo, pero también estaba rendida. Despacio fue a preparar la inyección, debía ponerla al instante para que la temperatura se normalizara. A su espalda escucho que Lucio hablaba con sus padres. De reojo lo vio; sonreía. Pensó entonces si valía la pena prolongar más el sufrimiento. El niño identificó al instante a Mario, a Lucia. La mirada pobre que siempre tuvo cambiaba. En ese momento la anciana se percató que Mario había cumplido su palabra y ella no tenía derecho a interrumpir el reencuentro.
SocoCrusgo





